jueves, 11 de octubre de 2012

"UN SANTO TRISTE"

"Ojeando, como suelo hacer, las páginas del periódico, la semana pasada encontré una frase que me atrajo. Decía algo así como que a nuestro mayor enemigo lo solemos llevar por dentro. Que la tristeza, el cansancio, la desesperanza, son enemigos del alma porque paralizan y contagian. La tristeza es nuestro mayor enemigo.


Esa lectura despertó el recuerdo de una frase que escuché a mi abuelo con ocasión de no tener yo muchas ganas de ir a misa aquel domingo: "Vamos, que un santo triste, es un triste santo". Y no cabe duda de la verdad de esa frase senescente. No se puede ser creyente y estar triste. Y ese enemigo inhumano que llamamos tristeza se conjuga a veces en la gramática del creyente.

Mañana, en Garachico, para inaugurar el Año de la Fe, todos los diocesanos hemos sido convocados. Porque Benedicto XVI nos pide que "reavivemos la alegría de creer y el entusiasmo de anunciar". La alegría de creer. Mi abuelo tenía razón: triste santo el que vive entristecido...

Quien encuentra un tesoro no llora, y si llora lo hace de alegría. Quien se enamora no llora, y si llora es de alegría. Quien recupera un amigo no llora, y si llora es de entusiasmo. Es ciertamente incompatible la tristeza y el cogollo de la amistad con Dios.

Podemos tener emociones que ensombrezcan la vida; incluso, podemos enfermar y sentir que pierde color la existencia. Pero no podemos estar tristes. Los greco-romanos vivían el presente desde el paradigma del pasado mitológico; el judeo-cristianismo vive el presente desde el paradigma de la promesa. Y la promesa mira al futuro. Y en el futuro está lo mejor, no quepa duda...

La vida de mi abuelo no fue una vida fácil. Pero aquella lección es un regalo para el presente".
(Juan Pedro Rivero, sacerdote, director del ISTIC. Para el programa de radio "El Espejo")